Eloy de la Iglesia
El cine de lo incomodo y oculto.
"La gente se escandaliza por mis películas de la misma manera que se escandalizarían si me conocieran a mi, y si conocieran mi forma de ser y mi forma de pensar…"
Eloy de la Iglesia
AMPU
“AMPU”
En Irun, a finales de los años sesenta y antes de que llegaran los hipermercados, centros comerciales y los “todo a cien” la vida comercial giraba alrededor de las tiendas de “toda la vida”: comestibles, ferreterías, droguerías, mercerías, tiendas de ropa... Y, además, estaba “AMPU” que era como el gran bazar o la cueva de Alí Babá. “AMPU”, palabra que no significa nada, eran las siglas de “Almacenes Máximo Precios Únicos” que era el verdadero nombre de aquellas tiendas. Porque eran dos: una, la más grande estaba en Galerías, hacía la mitad, donde ahora hay una tienda de ropa deportiva; la otra, más pequeña, en el Paseo de Colón, al lado del bar “Montecarlo” y ahora, en su lugar está una tienda de complementos, bolsos, collares… Además de las dos tiendas había dos locales que se usaban como almacén. Uno estaba frente de la tienda de Galerías (lo que después sería la tienda de juguetes) y el otro en la calle López Becerra, esquina Juan Arana (ahora muebles “Martínez”).
Al frente de aquel “imperio”, su dueño, Máximo de la Iglesia que vivía con su mujer, Laura, en el portal del Paseo de Colón al lado de la tienda y, día tras día, al lado del cañón las dependientas: María Luisa, Helio, Tere, Raquel, Rosa... y un dependiente, José Luis. En momentos puntuales se reforzaba la plantilla con jóvenes que ayudaban en las temporadas de más venta. Entre ellos estaba yo que entonces tenía catorce años y estudiaba Bachillerato en el Instituto. Trabajaba allí en las vacaciones de Navidad y verano y no recuerdo lo que me pagaban. Supongo que sería poco, aunque venía muy bien para ayudar en casa.
La tienda de Galerías era muy grande y cuando cerró, se dividió en locales. Allí encontrabas de todo: sartenes, platos, productos de limpieza, juguetes, regalos... y aquellos juegos de licor que tanto gustaban entonces para exhibirlos en el muble – bar. Los precios eran peculiares porque todos acababan en noventa y cinco céntimos. No había precios de números enteros, el precio no era, por ejemplo, 20 pesetas sino 19,95 pesetas, “estrategia comercial” que allí funcionaba. La tienda del Paseo de Colón era larga y estrecha y estaba dedicada a la ropa de trabajo y, sobre todo, a los “souvenirs”. Allí estaban las ruletas con las postales, las muñecas vestidas de flamenca, pequeñitas, medianas y enormes, encaramadas en la peana de madera desparramando los volantes alrededor y aquellos toritos de pelusilla negra con las dos banderillas clavadas. También teníamos las banderillas a tamaño natural, de par en par metidas en una caja, ideal como regalo. Una cosa que se vendía mucho era la colonia “Tabú” de Dana. Eran unos frascos con forma de petaca que eran de compra obligada para todos los portugueses que pasaban la Frontera. Les encantaba su olor.
En la tienda del Paseo de Colón, al fondo, detrás del mostrador estaba Don Máximo. Siempre le llamábamos así y allí estaba con su txapela, las gafas a media nariz y el cigarro en la esquina de la boca. Por las tardes bajaba Doña Laura y mientras él rezongaba, arreglaba cualquier cosa y dirigía todo aquello, ella, con voz bajita, se dedicaba a intercambiar confidencias y comentarios con las dependientas veteranas. Eran buena gente, por lo menos a nosotros nos trataban bien. Tenían dos hijos. El mayor, Máximo, casado y con hijos, era, por su aspecto y actitud, seco y distante, marcaba la diferencia. El otro, Eloy, era todo lo contrario. Estudiaba cine, tenía aspecto bohemio y era más cercano, aunque muy tímido. Años más tarde sería el famoso director de cine Eloy de la Iglesia, figura clave en el cine de la apertura. Murió joven hace pocos años y nos dejó películas como “El Diputado”, “El Pico” o “El Sacerdote” que en su momento fueron una auténtica revolución por su temática y atrevimiento. Profundizaba en sus películas en temas tan controvertidos y nuevos dentro del cine nacional como la homosexualidad, las drogas o las relaciones atormentadas de algunos curas. Yo, que iba siguiendo su carrera por “Fotogramas”, le veía siempre cuando en los veranos pasaba por la tienda con sus vaqueros y su camisa de cuadros, prototípica imagen contestataria, mirando las cosas con curiosidad pero siempre con un deje de distancia.
La chavalería que trabajábamos en vacaciones íbamos de un local a otro, de almacén en almacén. Hacíamos de todo. A mí me gustaba ir al almacén de la calle López Becerra porque, aparte de almacén, era un gran trastero y podías encontrar cualquier cosa. Recuerdo el día que de lo alto de una estantería alcancé una caja llena de fichas. Cogí una al azar y leí: “Cardinale, Claudia”. Seguían los datos biográficos de la actriz y una relación de sus películas. Eran cosas de Eloy, claro. Abríamos cajas, reponíamos los artículos, acompañábamos a los compradores al probador, un único probador que estaba al fondo del almacén de Galerías y que era a su vez ¡el water!. Por supuesto, todo el almacén estaba muy bien aromatizado.
He de reconocer que a mí me daban un trato de favor porque me mandaban a la imprenta a buscar las postales para reponer y porque era el que, al lado de la cajera, envolvía los paquetes de regalo con un papel marroncillo y fino y mi rollo de cello. ¡La de juguetes que habré envuelto! Sobre todo la víspera de Reyes que era el día grande y trabajábamos hasta las diez de la noche esperando a los compradores rezagados. Doña Laura aparecía siempre con una bandeja de pasteles para hacernos más llevadera aquella larga jornada. Tantos recuerdos... la verdad es que recuerdo todo aquello con agrado. Era como un juego.
No sé cuando “AMPU” cerró sus puertas. Me imagino que Don Máximo se jubiló y sus hijos no siguieron con el negocio. O, tal vez, que los tiempos fueron cambiando y cada vez teníamos menos espacio para la sorpresa. Las tiendas “AMPU” se fueron quedando antiguas y desfasadas.
Yo perdí el contacto con mis compañeros y con el negocio. El tiempo me fue arrastrando como nos lleva a todos y a todas las cosas. Incluidas las tiendas como “AMPU” donde siempre podías encontrar, a un precio único, un cachito de felicidad.
Ángel Amaro. Mayo 2014.